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LA CATEDRAL DE LOS LIBROS

Cuando los libros se volvieron arquitectura

La Biblioteca Vasconcelos abrió sus puertas en 2006 como parte de un proyecto cultural ambicioso del gobierno mexicano. Fue diseñada por el arquitecto Alberto Kalach, quien quiso crear un espacio donde la naturaleza y el conocimiento convivieran en perfecta armonía. Su nombre rinde homenaje a José Vasconcelos, el filósofo y político mexicano que impulsó la educación pública en el país durante los años veinte. Desde su inauguración ha sido reconocida internacionalmente como una de las bibliotecas más hermosas del mundo, aunque también vivió un inicio complicado por problemas de humedad que retrasaron su apertura oficial. Hoy es uno de esos lugares que la Ciudad de México le regaló al mundo.

Tiene más de 600,000 volúmenes flotando entre el aire y la luz.

El espacio que te roba el aliento

Hay lugares que te detienen en seco en cuanto cruzas la puerta. La Biblioteca Vasconcelos es exactamente ese tipo de lugar.

Lo primero que ves es una nave enorme, casi imposible, donde los estantes de libros no están en el piso sino suspendidos en el aire, colgados de una estructura metálica que sube y sube hasta perderse en el techo. La luz natural entra por paneles traslúcidos que bañan todo el espacio con una claridad suave y uniforme, como si el sol hubiera decidido quedarse adentro.

En el centro del edificio hay una escultura gigante del artista Gabriel Orozco: un esqueleto de ballena que flota en medio de todo ese silencio blanco y metálico. Es extraño y hermoso al mismo tiempo. Los jardines botánicos que rodean el edificio hacen que la transición entre el exterior y el interior se sienta casi orgánica, como si la biblioteca hubiera crecido ahí sola, entre las plantas y los árboles.

Un café entre páginas y plantas

No vas a la Vasconcelos a comer, pero sí puedes hacer una pausa sin salir del todo de ese mundo. Hay opciones sencillas para no romper el hechizo.

Dentro del complejo encontrarás un café tranquilo donde puedes tomar un americano o un capuchino mientras miras hacia los jardines. La propuesta no es gastronómica ni pretende serlo, pero cumple perfecto para recargar energía entre una sala y otra. También puedes llevar tu lunch y sentarte en alguno de los espacios del jardín botánico, que tienen bancas rodeadas de vegetación donde el tiempo parece correr más despacio. Es de esos lugares donde el café sabe mejor simplemente por el ambiente que lo rodea.

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